28.9.16


Descubierto y rescatado del olvido


Cartel CARIFESTA, Cuba, 1979.

Cartel tributo a Lhasa de Sela


Cartel de la serie "¡Adivina!"


El cuento de las letras.

Las letras se habían reunido para crear una secuencia de palabras. 
Todas sabían de su importancia. 
Aunque había algunas que se sabían más destacadas.
Unas se juntaban con las mismas para sentirse leídas.
Aparecían las vocales y también las consonantes.
Las consonantes eran rechazadas entre sí.
Conocían que varias consonantes juntas, tendrían dificultades para ser entendidas.
Sin embargo, las vocales podían estar cercanas, más de una.
Las letras saltaban para llegar primeras en el inicio de una palabra.
Otras cansadas se dejaban arrastrar hasta el final.
Las que se situaban en el medio esperaba de las iniciales y finales.
Unas más que otras, dependiendo de la intensión del contenido.
La más alborotada era la A.
Unas veces aparecía en mayúsculas y otras en minúsculas.
Claro, que todas tenían esta propiedad.
Se presentaban al inicio de las oraciones con su cuerpo en altas.
Según el lenguaje de la llamada tipografía.
La que más preocupaba era la vocal O, por su cuerpo redondo.
Pero, la i y la l, eran delgadas y esbeltas.
La L en mayúsculas se veía como un llamativo ángulo.
La B cachetuda, podía aparentar hasta unos labios dando su ósculo.
La más contenta era la T, donde podía colgarse alguna prenda de vestir como gancho.
También la E tenía esa función, de supuesta escalera, con sus peldaños.
La más provocativa, por lo de verse cimbrear, era la S.
De hecho las letras se presentaban de manera ordenada y bajo el nombre de abecedario.
Las acompañan los signos ortográficos para hacer la lectura más expresiva.
Y su secuencia de números del 0 al 9.
Pero, lo mejor son las letras que permiten crear miles de palabras.
Que finalmente representa al lenguaje escrito.
Y también al lenguaje hablado.
Lo maravilloso de esto es, que se puede utilizar en una buena cantidad de diversos idiomas.

Las letras son toda una actividad que nos hace y permite habla, leer y escribir.

El peine me llena de preguntas.

¿Quién habrá inventado el peine? 
¿Cómo se habrá dado cuenta, ese alguien, que le hacía falta, algo así?
¿Dónde se miró para determinar que necesitaba emparejar su cabello?
Tal vez, lo primero que se usó fue la propia mano.
Acomodando al pelo despeinado.
¿Cómo surgieron los diferentes peinados?
¿Cómo opinar, si uno especifico era el acorde a tal o cual individuo?
Decidirlo por el óvalo de la cara o la figura en cuestión.
¿Ese primer peine estaría confeccionado de hueso?
¿Y de qué manera, entonces se harían los dientes?
¿Sería de una sola pieza para poderlo utilizar con la mano?
¿Qué diseño tendría el referido artefacto de belleza?
Tal vez, por eso los hombres primitivos andaban con el pelo revuelto.
¿Y después que pasó?
¿Y quién fue el primero que quiso lucir mejor?
¿Por qué se planteó cambiar su aspecto utilizando ese instrumento?
¿Se vio en un, también primitivo espejo?
¿O fue el reflejo en el agua que lo asustó al mirarse?
¿La línea del cabello de qué grueso habría sido?
¿Y quien se atrevió a pelar al primer hombre?
Apoyándose con el peine y algún instrumento para cortarlo.
Estoy seguro, que fue una mujer la primera persona que lo realizó.
Su habilidad le permitió abrir la inicial estética para hombres.
¿Habría cola o tendrían miedo por no saber cómo los dejarían?
¿Tendrían ese sentido de competencia para que existieran más de uno de estos lugares?
¿El peine se utilizaría para ir cambiando su diseño?
¿O ya sería parte de la preocupación del primer diseñador industrial?
Lo cierto es que el peine fue el provocador de todas estas preguntas.
Desde sus inicios, la necesidad de lucir mejor, lo obligó a comportarse así.
Increíblemente, hoy no tenemos tal preocupación.
Seleccionamos el que  más nos gusta, mejor y cómodo nos funcione.

¡Ese peine de antaño cuánto le debemos!

22.8.16


Cartel migración


Para conocerlos mejor


Cartel elegido para la 14a. Bienal Internacional del Cartel en México, 2016
Categoría C